Mitos aburridos: la vuelta de Armstrong

Lance Armstrong vuelve. Así es. El heptacampeón del Tour de Francia, en su enésimo alarde de superioridad, decide volver al mundo de las dos ruedas tras pasar tres años en un ostracismo totalmente recluido en la sombra, apoyando en absurdas campañas al mundo republicano de los Estados Unidos y protagonizando numerosos escándalos que conciernen a una áspera e inestable vida privada. Cabe recordar los éxitos que alcanzó Armstrong a finales de los 90 hasta 2005, el año de su primera retirada. En su haber destacan siete Tours de Francia (autoproclamándose como el mejor corredor de la ronda gala, a lo Napoleón Bonaparte), un record del mundo y poco más. Tal vez esa tendencia norteamericana – a la que ya estamos acostumbrados- de llamar la atención a cualquier precio y a toda costa le ha hecho despertar a Lance de este sueño perdido de 24 meses. Grandes personajes del deporte como Michael Jordan, “Magic” Johnson, Monica Seles, Martina Hingis, Dujshevaev, Maradona, Hermann Maier, Mike Tyson o Lauda –proclamados como los más grandes en sus respectivos deportes y modalidades- retornaron por última vez a sus rutinarias prácticas deportivas para acaparar cientos de miles de portadas.

'Air' regresó en dos ocasiones. La primera, en octubre de 1993. El brutal asesinato de su padre y la falta de motivación que achacaba a los Chicago Bulls fueron los principales orígenes para que Jordan dejara el baloncesto. Los entendidos de la materia apuntaban a que el '23' tenía aún mucha magia por ofrecer. Su vuelta era en cierto modo obligada y previsible y en tan sólo 18 meses el público de Chicago volvió a contemplar sus espectaculares vuelos. Una vez más, Michael Jordan demostró ser el #1 durante tres años, que tras jugar el que parecía que iba a ser su último partido, dio a los Bulls el sexto anillo tras un último minuto maravilloso. Aquella sí parecía la mejor forma de retirarse para un genio. Era la ideal. Sin embargo, su amor por el baloncesto le llevó a volver en 2001, aunque no con los Bulls de sus sueños, sino con los Washingston Wizards, uno de los peores equipos de la NBA, necesitados de pelotazos del estilo de este. En dos años deleitó con detalles de su inagotable clase, pero los años no pasan en balde y en abril de 2003 anunció su tercera y definitiva retirada.

Semanas después de la vuelta del 23 a las canchas, otro miembro del Salón de la Fama de la NBA, Magic Johnson, anuncaba su regreso a la canasta. En la temporada 1995-96 jugó sus últimos 32 partidos como profesional de baloncesto en Norteamérica. Cuatro temporadas atrás antes, en la 91-92, ya anunció que era portador VIH, aunque ello no le impidió arrasar con el Dream Team en los JJOO de Barcelona 92 como ya había hecho en la década de los 80 con los Lakers. Con 36 años, los Rockets le eliminaron de los playoffs y le retiraron. Puede que el tenis quizá sea el deporte que más sorpresas nos haya deparado fuera de las canchas. Quizá las más llamativas en las dos últimas décadas hayan sido los casos de Seles o Hingis. La tenista checa se vio obligada a la retirada tras un brutal intento de asesinato que tuvo lugar en 1993, cuando un fanático le clavó un cuchillo en la espalda. Su meteórica carrera, promoviendo una histórica rivalidad con Graff, concluyó en ese preciso instante. Jamás volvió al excepcional nivel de antaño. El caso-Hingis es de lo más enigmático. Reina dentro y fuera de las pistas de Tenis, la que fuera #1 durante el final de la década de los 90, acusó una extravagante vida social y la inestabilidad familiar que vivía en casa para obligarla prematuramente a la retirada tras haber conquistado tres de los cuatro Grand Slam de la historia. Regresó al circuito de la WTA en 2006, pero casi dos años después, la suiza lo dejó tras dar positivo por cocaína.

Uno de los casos más recordados fue el de Diego Armando Maradona, “El Pelusa”, que tras conquistar el Mundial de México 86 y numerosos éxitos europeos con su Nápoles, el crack argentino fue inhabilitado durante quince meses por dar positivo en cocaína y demás sustancias en un control anti-doping. En el Mundial de Estados Unidos repitió la jugada y le obligo a una agonía prolongada hasta 1998. Uno de los mejores jugadores de fútbol de todos los tiempos decía adiós a una inmerecidad y peor retirada, muy similar a Mike Tyson, uno de los boxeadores más duros de la historia pugilística. El boxeador de Brooklyn, no pudo pelear entre durante cinco años tras ser acusado de violación y un lustro entre rejas. Tras su esperado regreso, se le retiraría la licencia del guante por su famosísimo bocado en la oreja al que fuera Campeón de los pesos pesados, Holyfield, así como el más grande, Mohamed Alí, que es uno de los ejemplos más claros con su retorno a los cuadriláteros, todo un fiasco, pese a ser considerado el más grande de los boxeadores en la categoría de los pesos pesados. Alí dejó la actividad en 1979, volvió un año más tarde, peleó por una nueva corona mundial contra Larry Holmes, y en 1981 a Trevor Berbick. Con ambos cayó. Otros grandiosos como Dujshevaev o Lauda tuvieron que reanimar su cuerpo en busca de soluciones temporales e inesperadas. El primero de ellos, nombrado por la IHF como el 2º mejor jugador de todos los tiempos del balonmano, anunció su retirada tras los JJOO de Atenas 2004, pero la imprevista lesión del central del Balonmano Ciudad Real, Uros Zorman, forzó su vuelta al 40x20. Tras cuajar una sensacional campaña, Talant anunciaba su segunda y última retirada del balonmano. En la actualidad dirige al equipo campeón de Europa, el Ciudad Real. Por último, Lauda, lo dejó a principios de los 80 para volver 24 meses después. En 1984 logró su tercer Campeonato Mundial


Querido y odiado, lo que sí es cierto es que la noticia de la vuelta de Armstrong ha eclipsado por completo todo el panorama mundial del ciclismo, como la Vuelta a España o el Mundial que se celebró a finales de septiembre. Lance asegura que vuelve a la bicicleta sin ánimo de lucro, dispuesto a no cobrar un solo dólar, incluso el mejor ciclista del momento, Alberto Contador, ha puesto en entredicho su continuidad en las filas del Astana si no se le otorga el único mando principal del equipo –insinuado sobre un hipotético fichaje de Armstrong por el Astana- por miedo a una posible anulación mediática y deportiva del corredor americano hacia el de Pinto. Saber que había superado un cáncer testicular con metástasis en los pulmones y el cerebro hizo que el ídolo se transformara en un auténtico mito del ciclismo.

Por ello, muchos son los que celebran su regreso a las filas del pelotón pese a tener 37 años. El primero, el director del equipo Astana, el belga Johan Bruyneel, quien ha apostado por acoger a Armstrong pese a contar ya con uno de los mejores ciclistas del momento como es Contador. Otro que considera que Armstrong regresará con posibilidades es Luis García del Moral, médico que coincidió con el ciclista en US Postal quien indica que, “el único contrincante que podría tener es Alberto Contador y si va a estar en su equipo estaría sacando al único que podría estar en su contra”. Aunque las opiniones en su contra no se han hecho esperar y los mitos sagrados de la bici como Merckx, Lemond o Indurain no han dudado en catalogar de “locura” la decisión de volver de Lance Armstrong para difundir por todo el mundo su mensaje de lucha contra el cáncer.

Algo que da de qué pensar es la negación del ciclista norteamericano en mostrar y analizar de nuevo las muestras de orina y sangre que le fueron extirpadas en el verano de 1999, el de su primer Tour. Armstrong afirma que ya ha pasado mucho tiempo y que remover aquello no supondría más que problemas. ¿Estamos ante un nuevo caso de caídas de mito? ¿A qué tiene miedo Lance? La sombra y el fantasma del dopaje planean sin temor por el panorama ciclista. Ya lo dijo Miguelón, “mejor retirarse a tiempo y sin tonterías”. Como él.

Two of us: al otro lado del telón de The Beatles

Sir James Paul McCartney, un alma que pese a sus 66 primaveras, sigue tan joven y lúcida como cuando tenía 15 añitos y era un moco correteando por su Liverpool natal. ¿Quién no conoce a Paul y toda su historia? Formó parte de uno de los mejores dúos musicales del rock contemporáneo, junto a su otra mitad, John Lennon. Muchos le atribuyen la causa de la ruptura beatle allá por abril del 70. Unos por avaricioso, tanto musicalmente –quiso liderar una banda huérfana desde la prematura muerte del manager Brian Epstein- como económicamente, ya que no aceptó los términos de Alen Klein, el manager que sugería un Lennon desequilibrado y fuera de control. Pero Paul no cejó en su empeño de liderar una gran banda y tras tener en contra a todo el poder místico del cuartero de Liverpool, decidió adelantarse y dejó la banda ante la sorpresa de todos.

Junto a Linda, su otra alma gemela, creó un nuevo grupo; Paul McCartney & The Wings, liderando las listas Billboard en la década de los setenta hasta la desintegración del nuevo grupo. Canciones como “Silly love songs”, “Coming up”, “Band on the run” o “Maybe I’m amazed”, fueron algunas de las perlas con las que nos deleitó al mundo entero y que por un momento llegaron a eclipsar la alargada sombra beatle que hoy en día aun persigue al músico. Pero, algo que suscita morbo e interés, es la relación que mantuvieron John y él tras la separación de los Beatles hasta la muerte del genio en diciembre de 1980, todo un misterio…

Sí que es cierto que ambos se llevaron a fuego. Después de la triste disolución beatle, la pareja llegó a entablar una dura guerra mediática y musical, un duelo en todo lo alto, propiciando un terrible eco por todo el planeta. Lennon se alineó con los rebeldes, los chicos malos de la clase. Paul fue más cabal, algo formal y mantuvo un ideal más solidario y familiar. Ambos se tiraron mil trastos a la cabeza –véase “Too many people” o “How do you sleep?”- puesto que los discos “Ram” e “Imagine” fueron simples puñaladas para dar a conocer un nuevo estilo musical vengativo y lleno de reproches. McCartney se vio solo, sin adeptos y con toda la prensa en contra. Harrison se posicionó rápidamente con John –prueba d ello en la guitarra y composición de “How do you sleep?”-, mientras Ringo estaba ocupado haciendo hijos y participando en series y películas de serie B. Así pues, Paul decidió dar un giro de 180º en su vida. Cambió todo. Su domicilio, sus hábitos, su banda… hasta su look. Paul quiso ser un chico malo a la fuerza y casi lo consigue. El modosito, reservado y diplomático McCartney fue poco a poco convirtiéndose en una estrella del heavy-love songs, metido hasta las cejas, acababa todos sus macroconciertos estrellando alguna guitarra o quemando alguna chaquetilla –torera en ocasiónes-.

Los años pasaron y Paul continuó cosechando rotundos éxitos. Sus singles emergían de la nada hasta el #1 como la espuma y sus cambios iban poco a poco cogiendo forma. Sus antiguos compañeros veían como Paul creaba éxitos sin precedentes y como seguía manteniendo vivo el espíritu beatle. John conservaba tambaleos constantes con la justicia debido a sus continuas detenciones por posesión de drogas o material de alto contenido pornográfico, además de seguir con la carencia afectiva de siempre, la de sus padres, se le unió la separación de Yoko durante 2 años, -el famoso “John’s lost weekend” de 20 meses-. Aquí fue cuándo la pareja musical volvió a las andadas. Ya sin la negativa influencia que despertaba Ono en John hacia Paul, ambos efectuaron un reencuentro en Ney York, allá por los años 73, 74 y 75.

John se mudó a un apartamento con su asistenta personal, la también asiática May Pang –quien hace pocas fechas publicó su libro de memorias fotográficas- a vivir la mejor de las vidas, descuidando a su hijo y sumergido en una vorágine de drogas, alcohol y numerosas peleas en los peores antros de La Gran Manzana. Paul y Linda lo visitaban a menudo, unas 2 o 3 veces por mes, con vuelo directo desde Londres. Lennon y McCartney fueron sorprendidos en varios sitios públicos, en eventos musicales e incluso en famosos y lujosos restaurantes o pubs. Compusieron un material todavía inédito que en la actualidad valdría millones entre las mayores subastas de la historia. Rememoraron borracheras y consiguieron forjar una nueva alianza, pero sin la presión beatle y el aliento constante de Yoko sobre la nuca de Lennon. Todo marchaba genial e incluso los restantes beatles perdonaron a Paul, mantuvieron una reunión en la cual decidieron la disolución legal del cuartero (1975), pese a tener contrato con la discográfica de EMI hasta 1980 –curioso, el año de la muerte de Lennon-. Pero los sueños de reunir a la mítica banda de Liverpool se desvanecieron de la mente de Sir Paul tras la nueva y última reconciliación de John y Yoko.

Paul entró en una nueva depresión y se dedicó a publicar nuevos LPs –firmes éxitos por supuesto-. Quizás estemos hablando de la mejor época de McCartney como exbeatle, llena de grandes giras, entrevistas y mucho glamour –obtuvo un Oscar y alguna nominación-, pero fue entonces cuando más se especuló sobre la futura reconciliación con los otros tres restantes beatles tras haber sido fotografiados los cuatro en una fiesta privada. No obstante, el año 1980 no iba a ser del todo bueno para él y tras ser detenido en Japón por posesión ilegal de drogas –afán por querer seguir siendo un chico malo- sufrió el mayor varapalo hasta ese día: la muerte de John. Lo cogió tan de sorpresa, que llegó a bromear con la noticia en varias declaraciones a los medios, incluso no llegó a creerse la reseña, pero su rostro se desfiguró –imágenes en Youtube- al comprobar que su mejor amigo había sido asesinado. James Paul McCartney no volvió a ser nunca más el mismo. El sueño beatle había muerto y con él todas las expectativas futuras sobre una nueva unión del grupo. Paul y el resto dejaban de ser The Beatles para el fin de los días. La mayor ilusión del Sir se desvaneció y se le comenzó a ver muy nervioso ante la masa social, temeroso ante un nuevo atentado contra un artista del su estatus y se recluyó en su mansión rodeado de altísimas medidas de seguridad. Cambió su imagen, su look, dejo de aparentar ser un rebelde, disolvió The Wings y se dedicó a desvariar, a vivir por y para su mujer abandonando temporalmente su pasión musical, aunque si bien es cierto que los tres restantes beatles se reunieron a los meses del asesinato de Lennon para rendirle un homenaje con la canción “All those years ago” –# 1 en 1981- y “Here today”, aunque Paul se distanció de sus orígenes para desaparecer durante una temporada del mapa.

El resto de la historia de McCartney se resume en un sincero hecho que culminó su caída al más profundo de los abismos: el fallecimiento de Linda por cancer en 1998 terminó con su moral. Ni tan siquiera los premios obtenidos por su brillante carrera o por la serie “Anthology” con Harrison y Starr, pudieron reanimar al genio. James Paul McCartney volvió a casarse en el año 2002, para protagonizar pocos años después uno de los mayores divorcios de la historia rosa, pagándole a Heather Mills una cuantiosa cifra de 30 millones de €. Hace poco admitió no haber superado nunca las dos muertes más trágicas de su vida, las de John y Linda, o lo que es más, las dos mitades de su otra mitad.

En la actualidad, está considerado como uno de los mejores músicos de la historia. Posee numerosos records y fue nombrado por la Reina Elizabeth II Sir en marzo de 1997. Como curiosidad, mencionar que surgió una oscura leyenda bajo su nombre a finales de la década de los 60. Un grupo de fanáticos creó un rumor sobre su muerte en un accidente de tráfico, organizando una serie de extrañas teorías sobre varios mensajes ocultos de sus compañeros en diversos álbumes del grupo The Beatles como “Magical Mystery Tour”, “White Album” o las clásicas carátulas de las portadas “Abbey Road” y “Sgt, Pepper’s Lonely Hearts Club Band”, creando una metáfora de la muerte y funeral de Paul. En la primera de ellas, John Lennon asomaba con un traje blanco en su condición de oficiante, Ringo cubierto de negro representaba a la funeraria y Harrison con unos pantalones vaqueros raídos complementaba las funciones de enterrador. Paul era el único que aparecía descalzo y con el paso cambiado y chocantemente aparecía con un cigarrillo en su mano derecha pese a ser zurdo: era la prueba evidente de que la persona que aparecía era un doble que suplantaba al fallecido, William Shears Campbell, un bulo digno de toda una leyenda del pop/rock contemporáneo.

Los otros encierros: la oscura leyenda de los toros malditos

Cada 6 de julio, un estallido teledirigido desde el balcón de la Plaza del Ayuntamiento de Pamplona propicia la apertura de las fiestas más populares del siglo XXI, los Sanfermines. Nueve días de infatigables juergas, eventos y actos que son esperados por decenas de miles de seres. Sabemos que, las fiestas sin los tradicionales eventos taurinos no serían lo mismo, por eso mismo, La Morsa hará hincapié en el acto más popular, el encierro, carrera en la que consiste correr delante de los astados a lo largo de 825 metros y conducirlos hacia su destino final del coso taurino.

Este singular y curioso evento se remonta a los siglos XIV y XV, aunque poco o más bien nada tienen que ver con lo que vemos hoy en día a eso de las 8h de la mañana. Los toros atravesaban las calles del casco antiguo de la vieja Iruñea arropados por mayorales y jinetes, sin contar con ninguna otra intervención civil, a excepción de carniceros con un estricto permiso municipal que muy pocas veces se concedía.

Algo que no dejaría de asombrar hoy en día sería la infracción de cualquier mozo al saltar al cruce para desfilar delante de los morlacos. Era una costumbre mal vista, campesina –según las altas esferas- y de mal gusto, propia del analfabetismo y de las clases más bajas de la sociedad pamplonesa. Sin embargo, la suerte y costumbre de saltar a la entrada, como se le denominaba hace siglos, cambio de suerte al multiplicarse las acciones de correr junto a los bovinos.
Admitía de hecho la afirmación expresa de la decencia a trasladar los toros por las calles de la capital del antiguo reino. La resolución definitiva por la que se posibilitaba la celebración de los encierros se retrasó nueve años más, hasta 1876. En un principio, no se les permitía correr a mujeres, niños o ancianos. De esta forma nacía el encierro.

Lleno de popularidad, el encierro se convirtió a lo largo del siglo XX en el acto de mayor popularidad de las fiestas de San Fermín, pero no todo fueron alegrías y sonrisas. La muerte acechó por completo el evento taurino navarro por excelencia. En 1924, se comenzaba a escribir la leyenda negra de los toros malditos, cobrándose la primera de las catorce víctimas registradas hasta la fecha. Su nombre, Esteban Domeño Laborra, sangüesino de 22 años. Falleció por las contusiones que le produjo el toro del Conde de Santa Coloma metros antes de la entrada al mítico callejón, donde recibió una cornada en la zona lumbar derecha que le afectó gravemente a varios órganos vitales.

Pero si alguien puede recordar con enorme terror un encierro, seguro que no deja atrás el de 1947, uno de los primeros tras la Guerra Civil española. Aquel 10 de julio, el astado bautizado como "Semillero", marcado con el número 21, de capa negra y de 464 kilos, causó la muerte a dos ilustres corredores que pasaron a los anales de la historia tras sus trágicas muertes: Casimiro Heredia Ruiz, pamplonés, de 37 años, casado y con dos hijas, murió prácticamente en el acto tras ser corneado en la calle Estafeta por "Semillero", un murubeño de Antonio Urquijo. La siguiente víctima mortal fue Federico.Julián Zabalza Martínez, de 23 años, militar, hijo de la localidad navarra de Aoiz y vecino de la histórica Villava, que tras tres cornadas en el ruedo de la Monumental le causaron la muerte inmediata. Por vez primera-al menos en el siglo XX- dos personas fallecieron en un mismo encierro, víctimas de un mismo toro.

Aunque el encierro más terrorífico y sobrecogedor de la historia transcurrió casi cuarenta años después, en la mañana del 13 de julio de 1980, uno de los más largos de la historia con 11 minutos. Abarrotando las calles –como mandan los cánones en fines de semana- los astados nerviosos por su falta de espacio para poder deslizarse entre los mozos, comenzaban segundos después de prender la mecha del cohete de los corralillos de Santo Domingo, los Guardiola marcharon calle arriba y al final de la vía, a la altura de los baños públicos, tras un tremendo resbalón, un toro se desvinculó de la manada para minutos después sembrar el terror en las calles de Pamplona. Aquel toro era Antioquío, el astado que dejaría para siempre el anonimato para convertirse en el más temido. Nada más entrar en Mercaderes, junto a Casa Seminario, aquel remolón bovino sacudió a un mozo y empitonó a José Antonio Sánchez, arrastrándolo varios metros, hasta la curva que une con Estafeta. Un amigo del corneado fue testigo directo de la herida de muerte, algo que jamás pudo borrar de sus retinas.

Una vez entrados en el final del recorrido, la manada iba desenlazada y a la entrada del coso, dentro del callejón, un animal rasgó un jersey a un corredor, llevándoselo consigo mismo en el asta, provocando momentos de enorme angustia y confusión. Después de cornear a José Antonio Sánchez, Antioquío había recorrido el trayecto del encierro en solitario y a la entrada de la Monumental se presentó hacia la derecha y alcanzó a Vicente Risco, manteniéndolo colgado en el asta derecha durante varios segundos.
Tras desentenderse del joven, Risco se quedó palpando la herida de la parte izquierda del vientre, donde había recibido la cogida, pero el astado atacó de nuevo al joven, sacudiéndole repetidas veces. Volvió a soltarlo y a magullarle de nuevo hasta herirlo de muerte. Nadie puso sacar a Vicente Risco, natural de Badajoz, de aquel atolladero.

El último toro de la manada, que entró segundos más tarde, siguió creando momentos de pánico general al permanecer durante siete largos minutos dando vueltas alrededor de la plaza, haciendo caso omiso a los pastores y a algunos mozos que intentaron hacerle entrar en el corral. Tras varios intentos, el animal consiguió franquear las puertas del toril y se dio por finalizado uno de los encierros más trágicos y terroríficos de la historia de la Feria de San Fermín.

Todos sabemos de sobra que el encierro es algo de corredores, pero también de toros, una interminable lista de asesinos astados que quisieron abandonar el anonimato de la muerte dentro de un coso taurino para escribir su nombre en los anales de la tauromaquia pamplonesa. De entre todos, algunos más que otros merecieron pasar a la posteridad, bien porque sembraron de muerte el recorrido, o porque su comportamiento desató más pánico del habitual. ¿Quién no recuerda a los Islero (mató a Manolete en 1947), Bailaor (acabó con Joselito en 1920) o Granadino (corneó de muerte a Ignacio Sánchez Mejías en 1934)? Atravesaron aquel campo cósmico e invisible de la fama, acabando con la vida de los más míticos toreros o mozos.

Chernobil 2047 d.C.: el último reducto humano

Han pasado 61 años desde una de las mayores catástrofes de toda la historia de la humanidad. La explosión del reactor nuclear de Chernobyl. Hoy, en el año 2047, la raza humana ha quedado completamente reducida al 10% de la población real. Nosotros somos lo poco que queda del ser humano, pero no lo único. En la colonia de supervivientes de Prypiat solemos dosificar los alimentos y las horas de higiene. Sabemos que no nos queda para mucho, por eso la prioridad son la decena de niños que rodean la aldea. Puede que nuestra ciudad suene a todo el mundo puesto que sufrió la peor catástrofe de la historia de la energía nuclear en aquel 26 de abril de hace casi 61 años, cuando se produjo la explosión del reactor número 4 de la Central Nuclear de Chernobyl, el cual emitió 500 veces más radiación que la bomba atómica que cayó sobre Hiroshima en la Segunda Guerra Mundial de 1945, por lo que la ciudad se vio afectada por la radiación y debió ser evacuada. La evacuación fue llevada a cabo en tan solo tres horas por el ejército soviético, la mayoría de los habitantes fueron evacuados de sus casas para protegerlos de la tremenda radiación, y tanto los animales domésticos como los de ganado debieron ser sacrificados para evitar el contagio genético en sus retoños.

Mi chabola queda en el ala este del poblado, a unos 4 Km. de la ciudad fantasma, Prypiat. Desde mi ventana se pueden contemplar los últimos restos abandonados y superados por el recorrido infatigable de los años y de la naturaleza. Columpios que tan sólo los balancea la brisa y que chillan de izquierda a derecha sin sentido. Puedo distinguir a los coches que han sido absorbidos sin piedad por el rodillo de la naturaleza, oxidados y carcomidos por fuera que esperan ser puestos en marcha por última vez, aunque creo que no correrán esa suerte. Mi nombre es Sergei y tengo 39 años. Vivo solo, no tengo a nadie. Perdí a toda mi familia cuando el sarcófago que blindaba la zona infectada fue profanado por el ejército norteamericano. Con el paso del tiempo, el sarcófago construido en torno al reactor 4 justo después del accidente se fue degradando por el efecto de la radiación, el calor y el desgaste generado por los materiales contenidos, hasta el punto de estallar y exterminar a casi toda la humanidad. En aquel marzo de 2040, el FBI y la CIA, en colaboración conjunta, acordaron traspasar la línea de la muerte nuclear para revisar el ataúd nuclear y así recuperar las zonas eliminadas. Grave error. Al abrir la capa, las primeras acciones radiactivas tomaron color. En un radio de 300 kilómetros, la corrosiva y mortal radiación se expandió a la velocidad de la luz y por el camino aniquiló a todo ser vivo. Nadie supo controlar aquello y tras abrir la caja de Pandora, el caos se apoderó de la humanidad. En cuestión de horas, todo lo que acariciara la radiación quedaba exterminado y eliminado del mapa.

Yo trabajaba en el laboratorio privado de Prypiat, y aquella mañana nos tocó extraer el combustible del primer reactor de la antigua fábrica. Pudimos salvarnos por llevar trajes antirradiación y por estar trabajando en un búnker totalmente aislado del exterior. Al salir, las doce personas que formábamos el equipo técnico, fuimos objetos del más puro pánico tras observar que no quedaba nadie. Desde 2040 se llevaron a cabo los proyectos de preparación para la construcción de un sarcófago nuevo, cuya construcción había sido empezado a finales de año. La construcción de éste sarcófago en forma de arca permitía aislar los problemas de escape de materiales tóxicos y radiactivos desde Chernobyl durante por lo menos un siglo.

Investigadores, científicos y policías que custodiaban la zona de exclusión quedaron reducidos a la nada. Hoy en día, ciudad fantasma es un museo, tiene cantidad de edificios, dentro de los cuales hemos podido contemplar –en busca de comida- fotografías, juguetes de niños, ropa y otros objetos que fueron abandonados antes de tiempo. Al mismo tiempo, los restaurantes, hospitales, escuelas y parques abandonados reflejan la mayor soledad de la raza humana. Debido al inexistente mantenimiento de las construcciones, dentro de ellas el moho, los hongos y las plantas se han desarrollado gracias a la humedad causada al derretirse la nieve de invierno. La naturaleza ha podido sobreponerse a la construcción humana con el paso de los años. Ha vuelto a reinar.

Hoy, la única esperanza que nos queda es poder lograr el contacto con algún otro aliento que pulule por el planeta, un alma que traiga bajo el brazo un rayo de esperanza. Mi compañero de módulo, Mikhail, perdió las dos piernas tras una extraña mutación venenosa y quedó inválido de por vida. Apenas hablamos, nos limitamos a vivir el día a día, a contar las jornadas, a mirar por la ventana la carretera para ver nuevas pisadas sobre la nieve. Nuestras fotos son el único recuerdo del que nadie nos puede sacar. Mikhail era un prestigioso científico del Kremlin, donde trabajaba desde los veinticuatro años. Fue el número uno de su promoción y gracias a ello, hoy trabaja por una vacuna o antivirus para poder salvar nuestra alimentación, nuestro combustible diario, pero los medios son muy limitados y cree que morirá antes de encontrar una solución a todo esto.

No nos queda mucho aquí. Las provisiones son escasas y la ridícula higiene que nos rodea nos va comiendo poco a poco. Apenas tenemos agua y los ríos que rodean el perímetro de la ciudad están totalmente contaminados. Ni animales, ni flora, ni vegetación… nada. Nos alimentamos de productos que quedaron bloqueados en bolsitas o baúles de precaución. Toca volver a empezar.

La ambición y avaricia que absorbió al ser humano fue una enfermedad terminal que acabó por destruir a todo ser viviente. Toda una lástima que nadie pudiera parar aquello y que efectivamente, el propósito del hombre fue dejar huella en este planeta. Acabamos pagando un precio muy alto. Así fue. El día que todos nosotros dejemos de existir y que otro nuevo Cosmos irrumpa en el espacio, la única estampa, lo único que quedará de todas las civilizaciones humanas de miles y miles de años será el sarcófago y la radiación de Chernobyl. Misión cumplida.

Mi única bandera, la supervivencia: crónica de una niña en la Guerra Civil española

La Morsa se centrará en los testimonios de una niña de la Guerra Civil española, una muchacha que, a sus casi 84 años de edad y con una impecable memoria, será capaz de introducirnos de nuevo en aquella fatídica época y en los siguientes años del hambre y penumbra para los suyos.

El año, 1936. España está sumida en la enésima guerra civil. El objetivo, el poder. Republicanos y Nacionales dan cita a sus armas en cientos de provincias y campos españoles. La guerra ha estallado y ya no tiene vuelta de hoja. El camino será duro, tres interminables años de un lado para otro. Malviviendo y malcomiendo, el éxodo ciudadano es palpable dentro del mapa político español. Sirenas, bombas, tiroteos… Ésta era la rutina diaria a seguir para todos, muy lejos de la convivencia y el consenso civil. La guerra entre hermanos había comenzado.

Lucía Olaverri Domench (Pamplona, 22 de octubre de 1924) es nuestra protagonista y a la vez la menor de seis hermanos. Se crió en una aldea de la comarca de Pamplona llamada Maquirriain. Como a todo infante se la mandó a estudiar a la escuela del pueblo, donde iba a clase hasta casi los doce años de edad. Lucía era una niña tímida, juguetona y con un gran sentido del humor. Acostumbraba a hacer rabiar a sus hermanos mayores: “A mi hermana Claudia la sacaba de quicio porque siempre estaba preocupándose por mí llevándome a todas partes y yo no le hacía caso”- nos relata. Sin embargo, aún le brillan los ojos cuando recuerda a sus malogrados hermanos (ambos fueron fusilados por el Bando Nacional a principios de la ofensiva). “Tanto a Carmelo como a Candelario los idolatraba en casa. Tan sólo tenían dieciocho años, no es justo...”. Lucía también perdió a otro hermano, pero éste murió tras un largo periodo en el hospital después de haber sido herido de muerte.

En abril de 1936, con tan sólo once años de edad, Lucía marchó para Lleida para pasar unas semanas de convivencia bajo la tutela de la mayor de las hermanas, Josefa. Allá conoció grandes rasgos de la cultura catalana: aprendió algo del idioma, ayudaba a su hermana en las labores domésticas y escribía siempre que podía a los suyos. Pero algo hacia presagiar que aquello tan bonito y de color rosa se iba a convertir en poco tiempo en una de las mayores catástrofes del siglo XX en España. Las sirenas se apoderaban del día a día en las calles de la capital leridana y las fuerzas de seguridad aparecían ya por todas partes. Catalunya fue una de las últimas en caer en la Guerra Civil española, pero no por eso sufrió menos, todo lo contrario. A Lucía y a su familia (el matrimonio de su hermana y una sobrina recién nacida) los desapropiaron y echaron a la calle como a animales. “De un día para otro nos quedamos sin casa, ropa y sin nuestras pertenencias. Nos lo quitaron todo y nos fuimos a vivir al monte”. La pequeña familia tuvo que exiliarse a las calles y a vivir como mejor podían. Sin casa, sin ropa, sin higiene, al más puro estilo de cualquier reducto tercermundista. “En nochebuena, ocupamos una ermita y unos compañeros cazaron un gato para cenar. Nos hicieron creer que era un conejo asado y todos nos lo creímos. A mí me daban igual la política y las banderas, tan sólo quería algo que llevarme a la boca para no morir.”. Cuando descubrieron al cuartero, echaron a correr hacia el monte bajo una oleada de tiroteos y granadas de las que milagrosamente pudieron zafarse. Pasaron semanas enteras en chavolas, cabañas y árboles mientras que nuestra protagonista no daba crédito a lo que veían sus ojos: “Una mañana, en un tren que se dirigía a Francia, nos advirtieron de un tiroteo, precavidos de nosotros, nos agachamos y nos escondimos debajo de los asientos del vagón, mientras que otra pareja que se sentaba a pocos centímetros de mí fueron tiroteados y muertos por la Guardia Civil. Nunca olvidaré aquello”. Naturalmente, la familia navarra fue capturada y enviada en furgones al punto de partida, a Lleida, para ser tratados como a perros y esclavos egipcios. Al entrar en su antiguo domicilio, pudieron comprobar como había sido desvalijado de arriba abajo, sin dejar rastro alguno de cualquier pertenencia. Jarro de agua fría, una de las peores noticias de sus vidas: sus hermanos Candelario y Carmelo habían sido fusilados por orden del ejército sublevado y otro familiar había sido herido de muerte (moriría a los pocos meses). La familia Olaverri recibía un duro varapalo y sesgaban con una atroz sinrazón a media familia.

Tocaba regresar y ya nada era como antes. Al terminar la guerra no les quedó otra que volver a casa para acatar las nuevas normas y ver como todo había cambiado radicalmente. Había vecinos que ahora ya les miraban y ni tampoco querían cruzarse por la calle con la familia. Unos por desprecio y otros por temor a ser encarcelados o ejecutados. Tuvieron que empezar desde menos cien. No tenían casa, ni trabajo y eran hijos de rojos indeseables. Nadie daría una buena labor y en casa florecían muchas bocas para alimentar al día. Pero poco a poco supieron levantar el vuelo y obtener cosas para ir al día. Lucía comenzó a trabajar con apenas dieciséis años en una fábrica y su hermana mayor limpiaba y cocinaba para más gente. Pudieron reunir cierto dinero y se trasladaron al barrio de la Rochapea en Pamplona. Pronto hicieron migas con el vecindario y allí fue cuándo conoció a su primer y único amor, el que a medio plazo sería su marido. Ramón Plano Baztán (Pamplona, 31 de agosto de 1921) fue el mayor de siete hermanos en una familia totalmente marcada por la tragedia. Perdió a su padre con tan solo catorce años –también víctima de la barbarie guerrillera- y junto a su valerosa madre tuvo que echarse al hombro a sus siete hermanos para que pudiesen recorrer camino en el día de mañana. Puede que les suene el nombre de la dama que parió a este varón, Nemesia Baztán, auténtica luchadora y madre coraje que tuvo que salir adelante viuda, con deudas y sin nada que llevarse a la boca. Conocida también como La Pasionaria de la Rocha, ayudó en gran medida a numerosas familias a salir adelante y supo ganarse el afecto y el cariño de los vecinos y ciudadanos del barrio en el que vivía, pero eso ya, es otra historia…

Hoy, Lucía tiene casi 84 años de edad, es madre de cinco hijos (trillizos incluidos) y gran abuela de otros nueve nietos. Amada y querida por todos y cada uno de los miembros de su familia (hermanos, cuñados, sobrinos, yernos…), pero su ladina mirada todavía se pierde a través del tiempo mientras recuerda con gran nostalgia aquellos tiempos tan duros. No pasa un día sin que La Jefa (como cariñosamente se la llama en la familia) no recuerde a los hermanos que fueron hace casi más de setenta años cruelmente asesinados. Continuamente se pregunta sobre qué hubiera podido ocurrir de haber evitado la bestialidad de la contienda. “Yo sabía que estaban muy involucrados en la política, pero con once años no te enterabas apenas de las cosas. Sólo sé que un día no volvieron para cenar nunca más. Los fusilaron y no supimos hasta casi cuarenta años después donde estaban sus cuerpos. Mi madre no volvió a ser la misma y murió de pena con poco mas de cincuenta años”.

Éste relato y testimonio, es el vivo y mejor ejemplo de lo que tuvieron que vivir, sufrir y morir numerosas familias de ambos bandos. Las dos Españas sufrieron como nunca lo habían hecho y esta guerra de hermanos puso un antes y un después en la sociedad del pasado siglo. Todavía no se ha hecho justicia y la memoria de los muertos sigue estando sesgada y deshonrada en numerosas fosas y territorios del país. ¡Viva la vida! Life is for living!

Operación Morsa: cómo y por qué asesinaron a John Lennon

Si a la sociedad moderna del siglo XXI le preguntaran sobre John Lennon, muchos podrían contestar de varias maneras: unos afirmarían con total rotundidad que fue el líder y cantante del mejor grupo de rock de la historia, algunos lo definirían como el heroico e infatigable pacifista que luchó sin piedad ante la oligarquía plantada por la administración Nixon en los Estados Unidos de América y otros tal vez, como al tipo al que asesinaron sin sentido a las puertas de su domicilio en 1980.

Aquel fue el año en el que Lennon decidió retomar a sus obligaciones musicales tras un largo paréntesis de casi cinco años tras el nacimiento de su segundo hijo Sean Taro. Es cuándo produce su último álbum, Double Fantasy, en donde compartía cartel con su esposa Yoko Ono, y el cual encabezara las listas de LPs de todo el mundo. Este despertar del ex beatle parecía ser el inicio de un período de una creatividad sin precedentes, pero no tuvo tiempo para cumplir sus proyectos ya que tan solo fue testigo de sus últimos éxitos durante pocas semanas.

Pero mas allá de todo lo oficial publicado en miles de medios de comunicación, La Morsa se centrará en complots y conspiraciones secretas de las administraciones presidenciales de EE.UU. para aclarar ciertos detalles que, casi treinta años después, siguen sin cuajar en nuestras mentes.

¿Sabían ustedes que durante las décadas de los sesenta y setenta, la CIA y el FBI, con el total respaldo del Presidente Nixon, crearon un movimiento de persecución para aniquilar a toda la moda Hippy? A ello lo denominaron la Operación Caos, la cual consistía en analizar y a la postre exterminar con toda la admiración de la juventud norteamericana, es decir las mayores estrellas del cine y del rock. Personajes como Jim Morrison, Jimmy Hendrix, Jannis Joplin, Elvis Presley, Marilyn Monroe o el mismísimo John Lennon fueron víctimas de esta macabra operación, falleciendo todos en extrañas circunstancias.

Allá por el mes de julio de 1969, Howart Hunt, asesor de la CIA, acompañado por el sector duro del entorno de la Presidencia del país, acordaron crear un nuevo grupo de eliminación de personajes que estorbaban y molestaban a los Estados Unidos. El procedimiento consistía, primero, mediante sabotajes y boicots a películas, conciertos o presentaciones de discos. Finalmente, deslizándose con una mayor destreza, se pasó al frío y sencillo asesinato. Las faena final concluye siendo maquillada con sobredosis, suicidios, ataques al corazón o asesinatos a manos de perturbados mentales. Éste último caso es el de Mark David Chapman, el asesino material de Lennon.

Mark David Chapman (Fort Worth, Texas, Estados Unidos 10 de mayo de 1955), estudió en la Universidad de Covenant en Lookout Mountain, Georgia. Aparentemente fue un joven que cumplía con todos los parámetros de la normalidad, hasta que a los diecinueve años ingresó como huésped en un campamento de la CIA en Beirut, sometiéndolo a tratamientos psiquiátricos y programándolo para futuras misiones de la agencia. Para ello, las altas esferas científicas lo trataron con las típicas recetas de la CIA. Sustancias como la torazina o la terapia de la hipnosis fueron las armas experimentadas en el joven Chapman. El asesino de Lennon fue uno de los pioneros en la cadena de montaje de asesinos programados de la CIA.

Por si las moscas, la Operación Morsa -así se le denominó a la operación que acabaría con la vida de John- tenía un Plan “B”: en caso de fracasar, Mark David Chapman alegaría ante la justicia enajenación mental transitoria para excusarse sobre la rara naturaleza o ejecución del asesinato. Así pues, tras seis duros y largos años de preparación, a Chapman le llegó la hora de la verdad.

El 8 de diciembre de 1980, el futuro asesino aterrizaba en Nueva York para consumar su obra. Después de hospedarse en un céntrico hotel, adquirió por enésima vez en su vida el ejemplar de El Guardián Entre el Centeno, obra que imprimió un fuerte sello en la vida del protagonista en cuestión durante sus primeros años de adolescencia. Chapman se mantuvo ante los apartamentos Dakota la mayor parte de ese día. A eso de las 17:50h, Lennon y Ono se desplazaron desde su domicilio hasta los estudios de grabación para culminar los últimos retoques en el futuro álbum póstumo Milk and Honey. La pareja tuvo que escurrirse hábilmente del bulto de fans y admiradores para poder llegar al taxi. No obstante, tan sólo uno entre decenas de fans consiguió un autógrafo del cantante. Aquel fue Mark David Chapman, quien consiguió que su ejemplar del novísimo LP de la pareja Double Fantasy fuera firmado por el cantautor. Aquel momento de gloria fue inmortalizado por fotógrafos del New York Times.

Chapman, aturdido por su brutal golpe de fortuna, permaneció a la espera hasta las 11 de la noche, que fue cuando la limusina del feliz matrimonio aparcaba en el parking del edificio. John y Yoko pasaron junto a Chapman y éste último con un helador “Mr. Lennon…” realizó seis disparos cuatro de los cuales impactaron en la espalda y hombro del ex líder beatle.

El futuro asesino permaneció sentado inmóvil a pocos metros del moribundo Lennon y mientras observaba con total frialdad y crudeza la muerte por desangre del ídolo de Liverpool, intentaba leer el ejemplar comprado esa misma mañana de El Guardian Entre el Centeno. A los pocos minutos llegaba la Policía para trasladar al tiroteado al Hospital Roosevelt y su vez inmovilizaban a Chapman sin que este último pusiera resistencia alguna.

Poco antes de morir, el policía que sostenía a Lennon entre sus brazos, le preguntaba sobre su identidad: “Soy Lennon, John Lennon de los Beatles”. Éstas fueron las últimas palabras de un genio que minutos después dejaría un tremendo legado humano y cultural para toda la eternidad. John Winston Lennon fallecía veinte minutos después a los 40 años de edad tras haber perdido más del 80% de su sangre.

Asesinatos como el de Lennon o las extrañas circunstancias en las que se encontraron lo cuerpos sin vida de los Elvis Presley, Hendrix, Morrison y Marilyn Monroe, inducen a creer que había algo más allá que paradójicas casualidades en accidentadas muertes, pero sobre todo deja claro que un país como los EE.UU., tiene el poder suficiente y las herramientas necesarias para deshacerse de quien estorba en sus objetivos primarios.