La Morsa se centrará en los testimonios de una niña de la Guerra Civil española, una muchacha que, a sus casi 84 años de edad y con una impecable memoria, será capaz de introducirnos de nuevo en aquella fatídica época y en los siguientes años del hambre y penumbra para los suyos.El año, 1936. España está sumida en la enésima guerra civil. El objetivo, el poder. Republicanos y Nacionales dan cita a sus armas en cientos de provincias y campos españoles. La guerra ha estallado y ya no tiene vuelta de hoja. El camino será duro, tres interminables años de un lado para otro. Malviviendo y malcomiendo, el éxodo ciudadano es palpable dentro del mapa político español. Sirenas, bombas, tiroteos… Ésta era la rutina diaria a seguir para todos, muy lejos de la convivencia y el consenso civil. La guerra entre hermanos había comenzado.
Lucía Olaverri Domench (Pamplona, 22 de octubre de 1924) es nuestra protagonista y a la vez la menor de seis hermanos. Se crió en una aldea de la comarca de Pamplona llamada Maquirriain. Como a todo infante se la mandó a estudiar a la escuela del pueblo, donde iba a clase hasta casi los doce años de edad. Lucía era una niña tímida, juguetona y con un gran sentido del humor. Acostumbraba a hacer rabiar a sus hermanos mayores: “A mi hermana Claudia la sacaba de quicio porque siempre estaba preocupándose por mí llevándome a todas partes y yo no le hacía caso”- nos relata. Sin embargo, aún le brillan los ojos cuando recuerda a sus malogrados hermanos (ambos fueron fusilados por el Bando Nacional a principios de la ofensiva). “Tanto a Carmelo como a Candelario los idolatraba en casa. Tan sólo tenían dieciocho años, no es justo...”. Lucía también perdió a otro hermano, pero éste murió tras un largo periodo en el hospital después de haber sido herido de muerte.
En abril de 1936, con tan sólo once años de edad, Lucía marchó para Lleida para pasar unas semanas de convivencia bajo la tutela de la mayor de las hermanas, Josefa. Allá conoció grandes rasgos de la cultura catalana: aprendió algo del idioma, ayudaba a su hermana en las labores domésticas y escribía siempre que podía a los suyos. Pero algo hacia presagiar que aquello tan bonito y de color rosa se iba a convertir en poco tiempo en una de las mayores catástrofes del siglo XX en España. Las sirenas se apoderaban del día a día en las calles de la capital leridana y las fuerzas de seguridad aparecían ya por todas partes. Catalunya fue una de las últimas en caer en la Guerra Civil española, pero no por eso sufrió menos, todo lo contrario. A Lucía y a su familia (el matrimonio de su hermana y una sobrina recién nacida) los desapropiaron y echaron a la calle como a animales. “De un día para otro nos quedamos sin casa, ropa y sin nuestras pertenencias. Nos lo quitaron todo y nos fuimos a vivir al monte”. La pequeña familia tuvo que exiliarse a las calles y a vivir como mejor podían. Sin casa, sin ropa, sin higiene, al más puro estilo de cualquier reducto tercermundista. “En nochebuena, ocupamos una ermita y unos compañeros cazaron un gato para cenar. Nos hicieron creer que era un conejo asado y todos nos lo creímos. A mí me daban igual la política y las banderas, tan sólo quería algo que llevarme a la boca para no morir.”. Cuando descubrieron al cuartero, echaron a correr hacia el monte bajo una oleada de tiroteos y granadas de las que milagrosamente pudieron zafarse. Pasaron semanas enteras en chavolas, cabañas y árboles mientras que nuestra protagonista no daba crédito a lo que veían sus ojos: “Una mañana, en un tren que se dirigía a Francia, nos advirtieron de un tiroteo, precavidos de nosotros, nos agachamos y nos escondimos debajo de los asientos del vagón, mientras que otra pareja que se sentaba a pocos centímetros de mí fueron tiroteados y muertos por la Guardia Civil. Nunca olvidaré aquello”. Naturalmente, la familia navarra fue capturada y enviada en furgones al punto de partida, a Lleida, para ser tratados como a perros y esclavos egipcios. Al entrar en su antiguo domicilio, pudieron comprobar como había sido desvalijado de arriba abajo, sin dejar rastro alguno de cualquier pertenencia. Jarro de agua fría, una de las peores noticias de sus vidas: sus hermanos Candelario y Carmelo habían sido fusilados por orden del ejército sublevado y otro familiar había sido herido de muerte (moriría a los pocos meses). La familia Olaverri recibía un duro varapalo y sesgaban con una atroz sinrazón a media familia.

Tocaba regresar y ya nada era como antes. Al terminar la guerra no les quedó otra que volver a casa para acatar las nuevas normas y ver como todo había cambiado radicalmente. Había vecinos que ahora ya les miraban y ni tampoco querían cruzarse por la calle con la familia. Unos por desprecio y otros por temor a ser encarcelados o ejecutados. Tuvieron que empezar desde menos cien. No tenían casa, ni trabajo y eran hijos de rojos indeseables. Nadie daría una buena labor y en casa florecían muchas bocas para alimentar al día. Pero poco a poco supieron levantar el vuelo y obtener cosas para ir al día. Lucía comenzó a trabajar con apenas dieciséis años en una fábrica y su hermana mayor limpiaba y cocinaba para más gente. Pudieron reunir cierto dinero y se trasladaron al barrio de la Rochapea en Pamplona. Pronto hicieron migas con el vecindario y allí fue cuándo conoció a su primer y único amor, el que a medio plazo sería su marido. Ramón Plano Baztán (Pamplona, 31 de agosto de 1921) fue el mayor de siete hermanos en una familia totalmente marcada por la tragedia. Perdió a su padre con tan solo catorce años –también víctima de la barbarie guerrillera- y junto a su valerosa madre tuvo que echarse al hombro a sus siete hermanos para que pudiesen recorrer camino en el día de mañana. Puede que les suene el nombre de la dama que parió a este varón, Nemesia Baztán, auténtica luchadora y madre coraje que tuvo que salir adelante viuda, con deudas y sin nada que llevarse a la boca. Conocida también como La Pasionaria de la Rocha, ayudó en gran medida a numerosas familias a salir adelante y supo ganarse el afecto y el cariño de los vecinos y ciudadanos del barrio en el que vivía, pero eso ya, es otra historia…
Hoy, Lucía tiene casi 84 años de edad, es madre de cinco hijos (trillizos incluidos) y gran abuela de otros nueve nietos. Amada y querida por todos y cada uno de los miembros de su familia (hermanos, cuñados, sobrinos, yernos…), pero su ladina mirada todavía se pierde a través del tiempo mientras recuerda con gran nostalgia aquellos tiempos tan duros. No pasa un día sin que La Jefa (como cariñosamente se la llama en la familia) no recuerde a los hermanos que fueron hace casi más de setenta años cruelmente asesinados. Continuamente se pregunta sobre qué hubiera podido ocurrir de haber evitado la bestialidad de la contienda. “Yo sabía que estaban muy involucrados en la política, pero con once años no te enterabas apenas de las cosas. Sólo sé que un día no volvieron para cenar nunca más. Los fusilaron y no supimos hasta casi cuarenta años después donde estaban sus cuerpos. Mi madre no volvió a ser la misma y murió de pena con poco mas de cincuenta años”.

Éste relato y testimonio, es el vivo y mejor ejemplo de lo que tuvieron que vivir, sufrir y morir numerosas familias de ambos bandos. Las dos Españas sufrieron como nunca lo habían hecho y esta guerra de hermanos puso un antes y un después en la sociedad del pasado siglo. Todavía no se ha hecho justicia y la memoria de los muertos sigue estando sesgada y deshonrada en numerosas fosas y territorios del país. ¡Viva la vida! Life is for living!
