Cada 6 de julio, un estallido teledirigido desde el balcón de la Plaza del Ayuntamiento de Pamplona propicia la apertura de las fiestas más populares del siglo XXI, los Sanfermines. Nueve días de infatigables juergas, eventos y actos que son esperados por decenas de miles de seres. Sabemos que, las fiestas sin los tradicionales eventos taurinos no serían lo mismo, por eso mismo, La Morsa hará hincapié en el acto más popular, el encierro, carrera en la que consiste correr delante de los astados a lo largo de 825 metros y conducirlos hacia su destino final del coso taurino.Este singular y curioso evento se remonta a los siglos XIV y XV, aunque poco o más bien nada tienen que ver con lo que vemos hoy en día a eso de las 8h de la mañana. Los toros atravesaban las calles del casco antiguo de la vieja Iruñea arropados por mayorales y jinetes, sin contar con ninguna otra intervención civil, a excepción de carniceros con un estricto permiso municipal que muy pocas veces se concedía.
Algo que no dejaría de asombrar hoy en día sería la infracción de cualquier mozo al saltar al cruce para desfilar delante de los morlacos. Era una costumbre mal vista, campesina –según las altas esferas- y de mal gusto, propia del analfabetismo y de las clases más bajas de la sociedad pamplonesa. Sin embargo, la suerte y costumbre de saltar a la entrada, como se le denominaba hace siglos, cambio de suerte al multiplicarse las acciones de correr junto a los bovinos.
Admitía de hecho la afirmación expresa de la decencia a trasladar los toros por las calles de la capital del antiguo reino. La resolución definitiva por la que se posibilitaba la celebración de los encierros se retrasó nueve años más, hasta 1876. En un principio, no se les permitía correr a mujeres, niños o ancianos. De esta forma nacía el encierro.
Lleno de popularidad, el encierro se convirtió a lo largo del siglo XX en el acto de mayor popularidad de las fiestas de San Fermín, pero no todo fueron alegrías y sonrisas. La muerte acechó por completo el evento taurino navarro por excelencia. En 1924, se comenzaba a escribir la leyenda negra de los toros malditos, cobrándose la primera de las catorce víctimas registradas hasta la fecha. Su nombre, Esteban Domeño Laborra, sangüesino de 22 años. Falleció por las contusiones que le produjo el toro del Conde de Santa Coloma metros antes de la entrada al mítico callejón, donde recibió una cornada en la zona lumbar derecha que le afectó gravemente a varios órganos vitales.

Pero si alguien puede recordar con enorme terror un encierro, seguro que no deja atrás el de 1947, uno de los primeros tras la Guerra Civil española. Aquel 10 de julio, el astado bautizado como "Semillero", marcado con el número 21, de capa negra y de 464 kilos, causó la muerte a dos ilustres corredores que pasaron a los anales de la historia tras sus trágicas muertes: Casimiro Heredia Ruiz, pamplonés, de 37 años, casado y con dos hijas, murió prácticamente en el acto tras ser corneado en la calle Estafeta por "Semillero", un murubeño de Antonio Urquijo. La siguiente víctima mortal fue Federico.Julián Zabalza Martínez, de 23 años, militar, hijo de la localidad navarra de Aoiz y vecino de la histórica Villava, que tras tres cornadas en el ruedo de la Monumental le causaron la muerte inmediata. Por vez primera-al menos en el siglo XX- dos personas fallecieron en un mismo encierro, víctimas de un mismo toro.
Aunque el encierro más terrorífico y sobrecogedor de la historia transcurrió casi cuarenta años después, en la mañana del 13 de julio de 1980, uno de los más largos de la historia con 11 minutos. Abarrotando las calles –como mandan los cánones en fines de semana- los astados nerviosos por su falta de espacio para poder deslizarse entre los mozos, comenzaban segundos después de prender la mecha del cohete de los corralillos de Santo Domingo, los Guardiola marcharon calle arriba y al final de la vía, a la altura de los baños públicos, tras un tremendo resbalón, un toro se desvinculó de la manada para minutos después sembrar el terror en las calles de Pamplona. Aquel toro era Antioquío, el astado que dejaría para siempre el anonimato para convertirse en el más temido. Nada más entrar en Mercaderes, junto a Casa Seminario, aquel remolón bovino sacudió a un mozo y empitonó a José Antonio Sánchez, arrastrándolo varios metros, hasta la curva que une con Estafeta. Un amigo del corneado fue testigo directo de la herida de muerte, algo que jamás pudo borrar de sus retinas.
Una vez entrados en el final del recorrido, la manada iba desenlazada y a la entrada del coso, dentro del callejón, un animal rasgó un jersey a un corredor, llevándoselo consigo mismo en el asta, provocando momentos de enorme angustia y confusión. Después de cornear a José Antonio Sánchez, Antioquío había recorrido el trayecto del encierro en solitario y a la entrada de la Monumental se presentó hacia la derecha y alcanzó a Vicente Risco, manteniéndolo colgado en el asta derecha durante varios segundos.
Tras desentenderse del joven, Risco se quedó palpando la herida de la parte izquierda del vientre, donde había recibido la cogida, pero el astado atacó de nuevo al joven, sacudiéndole repetidas veces. Volvió a soltarlo y a magullarle de nuevo hasta herirlo de muerte. Nadie puso sacar a Vicente Risco, natural de Badajoz, de aquel atolladero.
El último toro de la manada, que entró segundos más tarde, siguió creando momentos de pánico general al permanecer durante siete largos minutos dando vueltas alrededor de la plaza, haciendo caso omiso a los pastores y a algunos mozos que intentaron hacerle entrar en el corral. Tras varios intentos, el animal consiguió franquear las puertas del toril y se dio por finalizado uno de los encierros más trágicos y terroríficos de la historia de la Feria de San Fermín.

Todos sabemos de sobra que el encierro es algo de corredores, pero también de toros, una interminable lista de asesinos astados que quisieron abandonar el anonimato de la muerte dentro de un coso taurino para escribir su nombre en los anales de la tauromaquia pamplonesa. De entre todos, algunos más que otros merecieron pasar a la posteridad, bien porque sembraron de muerte el recorrido, o porque su comportamiento desató más pánico del habitual. ¿Quién no recuerda a los Islero (mató a Manolete en 1947), Bailaor (acabó con Joselito en 1920) o Granadino (corneó de muerte a Ignacio Sánchez Mejías en 1934)? Atravesaron aquel campo cósmico e invisible de la fama, acabando con la vida de los más míticos toreros o mozos.
